lunes, 24 de septiembre de 2012

Semana de la no correspondencia y lo días que vinieron después



Viernes.

Querida E,


Por estos días su presencia me hace sentir muerta.

Hoy tomamos té de Jazmín. Aunque nos perdemos el espectáculo de ver una flor abrirse la acción está llena de encanto. Somos cuatro, ellas dos, usted, cuatro conmigo. Usted y ellas hablan de desamor, ustedes tres hoy coinciden en el desamor. Seguro nos vemos increíbles desde lejos: las gafas oscuras (como si fuesen requisito), el sol, el humo, el brillo, la espontaneidad sobre the green grass, el árbol en el fondo, la vida, la juventud.

Escuchamos Ella Fritzgerald. No las escucho. Me ocupa saber que me recuerda el olor del Jazmín, me obsesiona.

- El Jazmín es el olor del amor ¿verdad? – No. Es el de la muerte, a jazmín huelen los cementerios. – ¿Ah si? ¿No huelen a muerto? – Entonces la lavanda… ¿del amor? – No. De los limpiapisos.  

Y así se olvidan del dolor por un momento.

Yo no siento ira, voy directo a la tristeza. no destruyo nada, no me golpeo.

Pero yo no estoy triste, saboreo cada detalle como si estuviera en un concierto o frente al mar, no pienso en el futuro, me gusta aquí y ahora, eso no es usual. ¿Alguna vez ha sentido nostalgia por un momento que aún no termina? ¿se ha sentido incapaz de disfrutar un momento porque ya empieza a extrañarlo? ¿porque sabe que pronto se va a acabar? Ocurre que hoy me pasa todo lo contrario. Querida E, recordar la felicidad sigue siendo demasiado triste.

“Era esa época.
En febrero, cuando las mañanas estaban llenas de viento, de gorriones y de luz azul. Me acuerdo.
Mi madre murió entonces.
Que yo debía haber gritado: que mis manos tenían que haberse hecho pedazos estrujando su desesperación. Así hubieras tú querido que fuera. ¿Pero acaso no era alegre aquella mañana? Por la puerta abierta entraba el aire, quebrando las guías de la yedra. En mis piernas comenzaba a crecer el vello entre las venas, y mis manos temblaban tibias al tocar mis senos. Los gorriones jugaban. En las lomas se mecían las espigas. Me dio lástima que ella ya no volviera a ver el juego del viento en los jazmines; que cerrara sus ojos a la luz de los días. ¿Pero por qué iba a llorar?”


Cuando uso gafas de sol siento que vivo  la vida de alguien más, creo que las espío y no me han advertido. El cuadro parece un picnic de adolecentes británicos en verano dentro del videoclip de alguna canción muy soft. Nada puede ser más distinto. Ud habla de que la vida pesa y que en algún momento la vida va a pesar tanto que va a ser imposible evadir el dolor (¿o algo así?). Ellas discrepan, yo sólo deseo que no sea así.

Usted y ellas desbordadas, fascinadas con la belleza de sufrir. Yo inmune. Es amargo, pero es seguro al fin y al cabo.

“Aunque fuera presa de las desgracia, no lo expondría. Hubo en el pasado episodios, el pudor me impide contarlos, hacer de ellos una historia equivaldría a exagerarlos. Puede ser por un mecanismo de indiferencia, por un dispositivo irónico… Me hubiera gustado ser más desgraciado, para que al fin el mundo fuera real, para experimentar un sentimiento de la existencia más agudo. Pero nunca me sentí en un estado de desgracia pura. Espero, un día, sufrir mucho, ir más allá. Aún no he encontrado mi historia” 

Días después de esa tarde me siento desbordada, siento que la vida me pesa, que es más de lo que puedo soportar, que alguien debe hacerse cargo. ¿acaso me han llenado de su pesadumbre? ¿acaso siento su dolor como propio? Las noches me asustan. No tengo esperanzas. Deseo que todo esto se acabe pronto. Quiero escribir.

Confieso que disfruto mucho de escucharla y conversar con Ud (ha sido  lo bueno de estos días). Espero perdone mi redacción de telegrama y perdone también el hablar tanto de mí. Gracias.






domingo, 18 de marzo de 2012

Oooooh Darling





Así es cómo ocurren las cosas, nada extraordinario...
Se me antoja fumarme un cigarrillo en la ventana, ha llovido toda la noche, una lluvia constante pero tranquila como la lluvia cuando dura toda la noche, así de sencillo. llevo dos noches sola en casa, y me gusta. lo entiendo: finalmente siempre estamos solos debemos acostumbrarnos y no está mal. La noche se me ha hecho eterna quizás esté por amanecer, pero es mentira, apenas es media noche, ese cuentico de que el tiempo no existe, bueno pues, hoy lo comprendo. Me sorprende mi playlist y no puedo evitarlo Oooooooh Darling plase belive me i'll never do you no harm... hace tanto que no le suplico a nadie que me crea que no le haré daño, que no me deje sola por favor. un tipo se asoma en la ventana de al lado y yo finjo que no lo noto ¿he subido tanto el volumen? dejo de cantar y el tipo se esconde detrás de la cortina. Belive me when i tell you: he perdido mi capacidad de enamorarme. Siempre me ha gustado la vista, son sólo una calle y dos edificios feos, pero de noche se pone atractiva la cosa. I me mine, I me mine, I me mine, como me divierto. Un pensamiento fugaz: debería sentirme miserable.
Baby you can drive my car, yes i'm gonna be a star, baby you can drive my car, and maybe i'll love you, beep beep beep beep yeah.

martes, 21 de febrero de 2012

2 Intentos Apocalípticos



1.

Desde el cuarto piso, en mi cubículo, con vista casi panorámica observo la tragedia. Me quedan varias cajetillas de cigarros, varias cajas de fósforos, varias velas, café y galletas suficientes, mucho maní con almendras, hierbas de todo tipo, y 3 litros de ron. Mis beneficios no se los debo al azar, podría haber tenido la suerte de los demás pero del alguna manera un tanto inconsciente y un tanto consciente lo había estado esperando hace tiempo, desde que me mudé al ultimo piso. la mitad de la ciudad es un lodazal y la otra mitad se va volviendo un río. Me gusta ese sonido: todo parece tan sereno al lado del río. En algún momento el río va a llegar hasta aquí, quizás no pase de esta noche, los fósforos y los cigarrillos se van mojar y ya no van a servir pa' un culo y tanto preparativo va a dar lo mismo que nada... De nada sirvió tanta paranoia enferma. El imbécil de al lado está tocando la puerta hace rato, que entienda que no estoy y que ya me morí o que soy tan hijueputa que no le voy a dar ni un maní, finalmente ya no le voy a tener que sonreír cuando lo vea en las escaleras: gordo seboso. Que ridículo: estudiar, trabajar, tener hijos, tener cosas... finalmente eso no tenía importancia; de hecho nada importa y nunca ha importado: ninguna cosa va a detener el río. nunca estudié ni trabajé para tener hijos y cosas. igual de ridículo: prepararse para sobrevivir a toda costa, que ridículo, una cosa sin importancia. No hay nada que me irrite más que se parta el palito cuando intento prender un pinche fósforo.



2.


-No, gracias. Me están esperando. Dijo, saliéndose de la fila.

Se percató de las calles vacías, pero el motivo no lo abrumó: imaginó parejas sin rostros durmiendo en sus camas y niños jugando en los patios de sus casas. - Es domingo. Dijo en voz baja.

El tipo caminaba rápido, con la cabeza gacha y el cuerpo un poco encorvado, como rompiendo la fuerte corriente de aire; que esta vez venia en dirección contraria. Vio acercarse una masa anaranjada, mas adelante comprendió las formas de un carrito de dulces y del hombrecito que lo llevaba. Quiero un cigarro, pensó.

- ¿tiene piel roja?

- ¿Con filtro? indagó el hombrecito

- Sin, respondió negando con la cabeza.

El vendedor seleccionó una cajetilla negra de uno de los compartimientos de su carrito, la destapó sin afán y se la alcanzó al tipo, quien por su parte estiró su mano para tomar el único cigarrillo que quedaba y justo antes de tocarlo frenó en seco. No lo necesito, pensó

- Mejor deme un kool azul.

Puso el cigarro en su boca y se acerco al hombrecito, quien intentó varias veces prenderlo con su encendedor, pero el viento apagó la llama en todos los intentos, ambos bajaron las manos con que inútilmente protegían la llama.

- No importa hermano, dijo el tipo y se guardó el cigarrillo en el bolsillo.

Recordó que ella siempre pedía un cigarrillo, lo olía esporádicamente durante toda la noche y al salir lo olvidaba con las servilletas rotas. Planeaba llevarla a un café, pero recordó que era domingo y que todos debían estar cerrados. Este es para ella, pensó guardándolo en el bolsillo.

Continúo caminando, recordando aun palabras difusas e inconexas de una misma voz, reconociendo el olor dulce del tabaco entre sus dedos, sonriendo sin notarlo. Un letrero intermitente en la mitad de la calle se encargó de guardar las manos en los bolsillos, mandar la voz al olvido y desdibujar la sonrisa. Se detuvo y leyó con cuidado: 10 °C, 16:23, miércoles 15 de abril, Bogotá 2600 metros más cerca de las estrellas. Levantó la cabeza buscando el final de los edificios que lo rodeaban y se preguntó si alguien trabajaba. Y entonces no hubo espacio para una respuesta.