Viernes.
Querida E,
Por estos días su presencia me hace sentir muerta.
Hoy
tomamos té de Jazmín. Aunque nos perdemos el espectáculo de ver una flor
abrirse la acción está llena de encanto. Somos cuatro, ellas dos, usted, cuatro
conmigo. Usted y ellas hablan de desamor, ustedes tres hoy coinciden en el
desamor. Seguro nos vemos increíbles desde lejos: las gafas oscuras (como si
fuesen requisito), el sol, el humo, el brillo, la espontaneidad sobre the green grass, el árbol en el fondo, la vida, la juventud.
Escuchamos
Ella Fritzgerald. No las escucho. Me ocupa saber que me recuerda el olor del
Jazmín, me obsesiona.
- El
Jazmín es el olor del amor ¿verdad? – No. Es el de la muerte, a jazmín huelen
los cementerios. – ¿Ah si? ¿No huelen a muerto? – Entonces la lavanda… ¿del
amor? – No. De los limpiapisos.
Y
así se olvidan del dolor por un momento.
Yo
no siento ira, voy directo a la tristeza. no destruyo nada, no me golpeo.
Pero
yo no estoy triste, saboreo cada detalle como si estuviera en un concierto o
frente al mar, no pienso en el futuro, me gusta aquí y ahora, eso no es usual.
¿Alguna vez ha sentido nostalgia por un momento que aún no termina? ¿se ha
sentido incapaz de disfrutar un momento porque ya empieza a extrañarlo? ¿porque
sabe que pronto se va a acabar? Ocurre que hoy me pasa todo lo contrario. Querida
E, recordar la felicidad sigue siendo demasiado triste.
“Era esa época.
En febrero, cuando las mañanas
estaban llenas de viento, de gorriones y de luz azul. Me acuerdo.
Mi madre murió entonces.
Que yo debía haber gritado: que mis
manos tenían que haberse hecho pedazos estrujando su desesperación. Así
hubieras tú querido que fuera. ¿Pero acaso no era alegre aquella mañana? Por la
puerta abierta entraba el aire, quebrando las guías de la yedra. En mis piernas
comenzaba a crecer el vello entre las venas, y mis manos temblaban tibias al
tocar mis senos. Los gorriones jugaban. En las lomas se mecían las espigas. Me
dio lástima que ella ya no volviera a ver el juego del viento en los jazmines; que
cerrara sus ojos a la luz de los días. ¿Pero por qué iba a llorar?”
Cuando
uso gafas de sol siento que vivo la vida
de alguien más, creo que las espío y no me han advertido. El cuadro parece un
picnic de adolecentes británicos en verano dentro del videoclip de alguna
canción muy soft. Nada puede ser más
distinto. Ud habla de que la vida pesa y que en algún momento la vida va a
pesar tanto que va a ser imposible evadir el dolor (¿o algo así?). Ellas
discrepan, yo sólo deseo que no sea así.
Usted y ellas desbordadas, fascinadas con la
belleza de sufrir. Yo inmune. Es amargo, pero es seguro al fin y al cabo.
“Aunque fuera presa de las desgracia, no lo expondría. Hubo en el
pasado episodios, el pudor me impide contarlos, hacer de ellos una historia equivaldría
a exagerarlos. Puede ser por un mecanismo de indiferencia, por un dispositivo
irónico… Me hubiera gustado ser más desgraciado, para que al fin el mundo fuera
real, para experimentar un sentimiento de la existencia más agudo. Pero nunca
me sentí en un estado de desgracia pura. Espero, un día, sufrir mucho, ir más
allá. Aún no he encontrado mi historia”
Días
después de esa tarde me siento desbordada, siento que la vida me pesa, que es
más de lo que puedo soportar, que alguien debe hacerse cargo. ¿acaso me han llenado de su pesadumbre? ¿acaso siento su dolor como propio? Las noches me
asustan. No tengo esperanzas. Deseo que
todo esto se acabe pronto. Quiero escribir.
Confieso
que disfruto mucho de escucharla y conversar con Ud (ha sido lo bueno de estos días). Espero perdone mi
redacción de telegrama y perdone también el hablar tanto de mí. Gracias.
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