Desde el cuarto piso, en mi cubículo, con vista casi panorámica observo la tragedia. Me quedan varias cajetillas de cigarros, varias cajas de fósforos, varias velas, café y galletas suficientes, mucho maní con almendras, hierbas de todo tipo, y 3 litros de ron. Mis beneficios no se los debo al azar, podría haber tenido la suerte de los demás pero del alguna manera un tanto inconsciente y un tanto consciente lo había estado esperando hace tiempo, desde que me mudé al ultimo piso. la mitad de la ciudad es un lodazal y la otra mitad se va volviendo un río. Me gusta ese sonido: todo parece tan sereno al lado del río. En algún momento el río va a llegar hasta aquí, quizás no pase de esta noche, los fósforos y los cigarrillos se van mojar y ya no van a servir pa' un culo y tanto preparativo va a dar lo mismo que nada... De nada sirvió tanta paranoia enferma. El imbécil de al lado está tocando la puerta hace rato, que entienda que no estoy y que ya me morí o que soy tan hijueputa que no le voy a dar ni un maní, finalmente ya no le voy a tener que sonreír cuando lo vea en las escaleras: gordo seboso. Que ridículo: estudiar, trabajar, tener hijos, tener cosas... finalmente eso no tenía importancia; de hecho nada importa y nunca ha importado: ninguna cosa va a detener el río. nunca estudié ni trabajé para tener hijos y cosas. igual de ridículo: prepararse para sobrevivir a toda costa, que ridículo, una cosa sin importancia. No hay nada que me irrite más que se parta el palito cuando intento prender un pinche fósforo.
2.
-No, gracias. Me están esperando. Dijo, saliéndose de la fila.
Se percató de las calles vacías, pero el motivo no lo abrumó: imaginó parejas sin rostros durmiendo en sus camas y niños jugando en los patios de sus casas. - Es domingo. Dijo en voz baja.
El tipo caminaba rápido, con la cabeza gacha y el cuerpo un poco encorvado, como rompiendo la fuerte corriente de aire; que esta vez venia en dirección contraria. Vio acercarse una masa anaranjada, mas adelante comprendió las formas de un carrito de dulces y del hombrecito que lo llevaba. Quiero un cigarro, pensó.
- ¿tiene piel roja?
- ¿Con filtro? indagó el hombrecito
- Sin, respondió negando con la cabeza.
El vendedor seleccionó una cajetilla negra de uno de los compartimientos de su carrito, la destapó sin afán y se la alcanzó al tipo, quien por su parte estiró su mano para tomar el único cigarrillo que quedaba y justo antes de tocarlo frenó en seco. No lo necesito, pensó
- Mejor deme un kool azul.
Puso el cigarro en su boca y se acerco al hombrecito, quien intentó varias veces prenderlo con su encendedor, pero el viento apagó la llama en todos los intentos, ambos bajaron las manos con que inútilmente protegían la llama.
- No importa hermano, dijo el tipo y se guardó el cigarrillo en el bolsillo.
Recordó que ella siempre pedía un cigarrillo, lo olía esporádicamente durante toda la noche y al salir lo olvidaba con las servilletas rotas. Planeaba llevarla a un café, pero recordó que era domingo y que todos debían estar cerrados. Este es para ella, pensó guardándolo en el bolsillo.
Continúo caminando, recordando aun palabras difusas e inconexas de una misma voz, reconociendo el olor dulce del tabaco entre sus dedos, sonriendo sin notarlo. Un letrero intermitente en la mitad de la calle se encargó de guardar las manos en los bolsillos, mandar la voz al olvido y desdibujar la sonrisa. Se detuvo y leyó con cuidado: 10 °C, 16:23, miércoles 15 de abril, Bogotá 2600 metros más cerca de las estrellas. Levantó la cabeza buscando el final de los edificios que lo rodeaban y se preguntó si alguien trabajaba. Y entonces no hubo espacio para una respuesta.
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